Creo, además, que me encuentro ante un caso de clara consciencia de ello si atiendo la evidente y voluntaria delación del proceso de trabajo establecido en cada una de las piezas, proceso que puede rastrearse a simple vista a través de las cuidadas transparencias que la pintora interpone como sutil juego de ocultar-revelar o la permanencia de parcelas en las que se percibe nítidamente que la pintora se ha abandonado al vértigo de la pintura y no siente rubor en dejar traslucir el disfrute experimentado de la forma más directa y natural.
Existe, incluso, la sensación de que la pintora quiere que se note el esfuerzo físico que debe aplicarse en la ejecución de cada pieza, como si tratase de reivindicar el «oficio de pintar» algo, por otra parte necesario a mi juicio, en los tiempos que corren. Hay, en fin, en los cuadros de Natalia un cúmulo de matices que se adivinan, tales como el placer del accidente provocado y controlado o una reflexión sobre la propia memoria de la pintora, ¿o de sus pinturas? (títulos como: Hacia ninguna parte, fuimos muchos..., o el propio título de la exposición).
Mantendría, por último, un punto de discrepancia con Natalia respecto al título requerido para la exposición: De los pensamientos frágiles, no acorde con la solidez contrastada de sus pinturas y con la quietud y sosiego finales que dimanan de esas obras definidas por la lucha entre el frenesí y la razón, incruenta guerra saldada en tablas y aplazada hasta el inmediato enfrentamiento que el apasionado ensimismamiento de la artista proyecta para su próximo trabajo.
Natalia Laínez. Zaragoza, 1973. Licenciada en Bellas Artes, Universidad de Barcelona (1991-1996).