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La Sala de
Exposiciones del Centro de la UNED en Barbastro se ha llenado de
vida con una selección de originales del dibujante Carlos
Azagra. A pesar de que ya en 1967 el Museo del Louvre
organizó una exposición antológica sobre la historia del
comic, lo cierto es que hasta hace poco tiempo las Salas de Arte
habían sido ajenas a este medio de expresión. En la actualidad
estamos asistiendo a una inversión del proceso y resultan
significativas las muestras dedicadas últimamente a humoristas
históricos o contemporáneos.
El comic, junto al
cine y la televisión, configuran los tres pilares de la cultura
de la imagen creada en el siglo que nos ha dejado. Quienes
crecimos a la sombra del TBO recordamos con nostalgia la cara
deseosa de Carpanta, las historias de los devastadores Zipi y
Zape o las tribulaciones de La familia Ulises. El título de
personaje universal sin dudar demasiado se lo ofreceríamos al
pequeño guerrero galo Astérix, y el galardón al más
entrañable sería para Mafalda que nos enseñó a hacernos
preguntas y a no comulgar con ruedas de molino. En esta línea
de poner, con el humor, el dedo en la llaga se adscribe desde
sus inicios Carlos Azagra.
Políticamente
incorrecto, Azagra ha supuesto para muchos una fuente
constante de contrainformación, es un educador que muestra la
parte lúdica de la lucha social- en palabras de Rafa
Angulo. Frente a otros muchos humoristas de crítica más
abstracta y amarga Azagra recurre a un trazo lúdico y
popular que recoge en todo su colorido la vitalidad de la calle.
Utiliza el lápiz a modo de bisturí, dibuja y disecciona la
actualidad mostrándonos, con humor no exento de crítica a
ciudadanos y ciudadanas, nativos o inmigrados que, a pesar de
los pesares, nos muestran su personalidad, aguantan los
temporales, se las apañan para vivir, amar, gozar... protestan,
pero sobre todo resisten.
Sus estampas
urbanitas nos sitúan en un mundo multirracial y -con ayuda
de los pinceles de Revueta- colorista, en el que lo
individual se funde con lo colectivo, se manifiesta convencido Azagra
de que la lucha y la diversión deben ir unidas, de que el humor
actúa a modo de vaselina consiguiendo suavemente hacernos
conscientes de una realidad, cruda la más de las veces y no
precisamente igualitaria. ¿Acabará siendo el humor la única
forma de protesta contra todo aquello que se nos impone como
único posible? De lo que no cabe duda es que es la que a más
gente llega.
María Jesús
Buil |